El hombre, conocido como El Abuelo, aunque es padre de varios hijos, se había comprado un autito. Lo usaba para ir a trabajar y, de vez en cuando, a jugar una que otra partidita a las cartas a algún club de nuestro pueblo.
En el regreso de uno de esos ocasionales encuentros en reductos timberos fue que ocurrió esta anécdota.
El otrora figura destacada del balompié local había vivido una velada con la fortuna de su lado, por lo de volvía a su casa con una jugosa suma de dinero encima, y unas copitas de más también.
Hizo el trayecto sin ningún inconveniente, salvo el “fino” que le echó al macetón ubicado a metros de la plaza chica y la frenada abrupta que tuvo que hacer para impedir caer en un cuentón cerca de la escuela 3.
Ya en la cuadra de su domicilio, se fue recostando de a poquito contra la banquina de enfrente para perfilarse y tomar puntería para ingresar el coche en el garaje. Cuando lo tuvo bien enfrente, aceleró y cruzó la calle de tierra con el acelerador bien abajo.
Cuando se recuperó del impacto y juntó coraje, fue a tocar timbre en la casa de al lado. El vecino tardó un rato en abrir la puerta, pues eran las 3 de la mañana y estaba en lo más profundo del sueño.
Cuando lo tuvo enfrente, sin andar con rodeos, el protagonista del percance le dijo a su vecino: “Disculpame, Oso, pero te choqué el auto”.
Incrédulo y, a la vez, cabrón, porque lo habían sacado de la cama para lo que hasta ahí parecía una tomada de pelo, el corpulento hombre le dijo: “¿Vos me despertaste para esto? Dejate de joder y andá a dormir. Cómo me vas a chocar, si mi coche está adentro del garaje”.
El Abuelo, antes de ensayar una retirada veloz, le respondió: “El mío también…”.
Bonus track
Sobre lo que siguió a continuación hay diferentes versiones. Una de ellas, quizá la que más adherentes suma, indica que el estruendo que provocó el impacto de un vehículo con otro fue un suspiro, comparado con el que generaron los puños del camionero de Bersee contra la integridad física del novato conductor.