Ignacio Sagarna, un joven oriundo de la ciudad bonaerense de General Belgrano que desempeña su profesión de periodista en La Plata, nos acercó la historia que compartimos hoy.
Un matrimonio belgranense poseía una quinta con pileta en las afueras de la ciudad que, junto a sus hijos, utilizaba los fines de semana, sobre todo en la época estival.
Un verano los cónyuges fueron puestos sobre aviso por un vecino de la finca de que unos personajes conocidos del pueblo, los Pellegrini, habían hecho uso de la piscina casi todos los días de esa semana.
Como al casero de la quinta le quedaban siete días más de vacaciones, los dueños pensaron qué medida podían tomar para evitar que el hecho se repitiera la semana siguiente.
El matrimonio evaluó distintas alternativas y consensuó una: hacer correr la bola, para que llegara a oídos de los intrusos, de que habían colocado un sistema oculto de electrificación del agua.
Como en toda ciudad que no está exageradamente poblada, la noticia corrió como reguero de pólvora.
No contentos con la difusión que había tenido su estrategia, los propietarios decidieron no esperar hasta el finde para ir a la casa de campo. Como el miércoles había un sol pleno y el clima estaba por demás agradable, emprendieron la escapadita junto a sus retoños.
Como siempre, el lugar estaba intacto, sin síntomas de que alguien hubiese andado por ahí. La sorpresa apareció cuando los dueños se acercaron a la pileta y miraron su interior: pelos de perros flotaban por doquier en la superficie del agua cristalina.
Si lo vamos a hacer, lo vamos a hacer bien, habrán pensado los Pellegrini el lunes y/o el martes, y para comprobar si realmente el agua estaba electrocutada -esto fue contado posteriormente por ellos mismos en el pueblo- no tuvieron mejor idea que arrojar antes a sus pichichos. Cuando vieron que los canes nadaban chochos de la vida, se aprestaron a disfrutar ellos también de otro día de pileta.