La anécdota: el dueño los agarró con el jamón en las garras y tuvieron que convidarlo
04-09-2011 10:16 |
En esta oportunidad, la anécdota vuelve a surgir del mundo estudiantil y de las vivencias en el Centro de Estudiantes de Henderson en La Plata, donde se aprende el arte de la convivencia y, a veces, el de la supervivencia. Es que, un asado sin picadita previa parece incompleto, sobre todo si en una heladera se guarda un tesoro culinario
Cuando la carne andaba por las góndolas a precios accesibles para los flacos bolsillos de los pibes, solía ser costumbre en el Centro de Estudiantes Universitarios de Henderson en La Plata (CEUH) hacer los sábados a la noche un asadito entre todos los que se prendieran. Por supuesto, asado de tira regado con vino en damajuana -que ocasionalmente era de mediana calidad, si no berretón nomás- y alguna ensaladita.
No faltaba que alguno de los chicos, sobre todo aquellos cuyos padres laboraban en zonas rurales, hubiera recibido recientemente una encomienda y compartiera en la previa algún choricito seco u otro fiambre.
Pero ese sábado, el voluntarioso asador y quienes estaban con él en esas conversaciones previas que transcurren por todos los temas posibles, si querían picar algo deberían esperar a que las brasas hicieran su trabajo. Era mejor seguir mateando antes de entrarle al tinto sin nada en estómago.
Sin embargo, uno sabía que alguien que no estaba presente tenía algo guardado en la heladera y lo hizo saber al resto. “¿Y dónde está el galleguito?”, preguntó uno, con la intención de pegar el mangazo. “No sé, no está, y no dijo nada que venía para el asado”, le respondieron. Calcularon que se había ido a la casa de la novia y hasta muy tarde no volvería.
Entonces, un pícaro que hoy es reconocido doctor en medicina habría sido el autor material del hecho, aunque no le faltó apoyo logístico y moral.
Empezaron a disfrutar de la pieza cazada de la heladera, y ya unos tres o cuatro le habían hincado el diente para exclamar “qué bueno está esto”. En ese instante, uno de los que se asomaban por el pasillo que daba a la puerta de entrada salió disparado en dirección a la mesa donde otro fileteaba su tajada. Sólo alcanzó a decir “ahí viene”.
En vez de encarar para su habitación, el galleguito enfiló para el patio y se encontró con el cuadro: ese trozo de jamón crudo que estaba sobre la mesa y al que un estudiante de abogacía cortaba con ahínco, era suyo.
“¿Querés un pedacito?, metele porque no te va a quedar nada”, fue lo primero que alcanzó a decir quien hoy es doctor en leyes y activo militante peronista.
Con resignación alcanzó a probarlo, aunque no faltaron algunos insultos, claro.