Fútbol, bolita, figuritas, payana, escondidas -por nombrar sólo algunos-, eran los juegos que en los pueblos practicaban los varones cuando eran niños hace bastante tiempo. Para el caso de las mujeres podemos mencionar la rayuela, el elástico, los patines. Y algunos eran compartidos, como las escondidas, la mancha o las fogatas de San Juan y San Pedro.
En uno de los tantos potreros que por ese entonces había en Henderson, todos los días se aglutinaban unos cuantos chicos a jugar a la pelota. Se divertían sanamente, practicando deporte. El único inconveniente era que contiguo al baldío vivía un hombre que, como es costumbre de los grandes en los pueblos –esto aún no ha cambiado-, dormía la siesta. Y no era que los niños lo despertaran con sus gritos de gol o sus pelotazos; de esos ruidos el vecino ni se enteraba.
Lo que sucedía era que, al menos una vez por día, la pelota de cuero iba a parar a su terreno. Entonces, los chicos, para rescatar el balón y poder seguir jugando, iban a tocarle timbre al dueño de casa. Y esto sí lo ponía furioso.
Advirtió un día el hombre a las blancas palomitas que “sea la última vez que me tocan timbre a la hora de la siesta”; “la próxima van a ver”, los amenazó.
Los pibes siguieron yendo a jugar al baldío y trataron de ser más cuidadosos al momento de pegarle al esférico. Así consiguieron por un par de días que la casa del vecino no sea un anexo del potrero. Pero sabido era que en algún momento…
Todos se agarraron la cabeza y lamentaron cuando uno de ellos le pegó de volea, en el aire, a la pelota y la mandó, sin escalas, no al terreno del vecino, sino al techo de la casa del vecino.
Los chicos, luego de la amenaza recibida, habían acordado que la próxima, en vez de ir a tocarle timbre, directamente iban a saltar el tapial y rescatar el balón ellos mismos. Pero eso era imposible esta vez, pues había ido a parar a las chapas.
No habían pasado cinco minutos de que los niños se habían sentado en ronda para ver de qué forma podían solucionar el percance, cuando escucharon un golpe sobre la gramilla de la cancha. Giraron la cabeza y vieron la pelota… desinflada.
El estruendo que había provocado la caída de la redonda sobre techo despertó al vecino, que esta vez no necesitó que los pibes le tocaran timbre para despertarse. Y tampoco necesitó despertarse con el timbre para cumplir aquella promesa de “la próxima van a ver”.
Los chicos, entre sollozos, bronca e insultos, se retiraron sin comprender qué culpa tenía la pelota para ser víctima de tres puñaladas de cuchilla de cocina…