“Dos hojas de sierra, hacelo rápido”, escuchó, y salió en bicicleta rumbo a la ferretería de la cooperativa industrial.
Trece años tenía el muchachito que se ganaba un mango haciendo mandados al vecino de enfrente, que tenía un corralón de chatarras sobre la calle 1º de Mayo.
A todo pedal, cuando había hecho dos cuadras vio que una señora, clienta de su abuela modista, lo llamaba con una mano en alto.
Clavó los frenos y se acercó a la mujer. Esta le hizo un encargo: una botella de whisky.
El jovencito prosiguió su itinerario, ahora a mayor velocidad, para recuperar el tiempo del parate. Llegó a destino y fue primero a comprar lo que le había indicado el hombre del corralón.
Con las dos hojas de sierra en su poder entró en la parte de almacén de la cooperativa para cumplir con el otro recado.
Subió a la bicicleta con los dos encargos en el canasto y salió a fondo.
Dobló sin mirar en la esquina de la YPF hacia plaza Belgrano y, para esquivar a una pareja de perros que estaban prodigándose amor sin inhibiciones, sufrió una rodada y, con ella, la rotura de la botella de whisky.
No convenció con explicaciones a la doña del encargo de la bebida blanca hasta que no volvió al lugar del accidente y le llevó los pedazos de vidrio. Ahí sí, la mujer comprendió lo ocurrido y, apiadándose del mandadero, no sólo lo perdonó, sino que le dio una importante propina.
El muchachito siguió a toda velocidad a llevarle las hojas de sierra a su patrón. Le contó el percance y le pidió disculpas por no haber podido cumplir con la recomendación que el hombre le había hecho.
Y ahí se dio cuenta de que había escuchado mal: las instrucciones no habían sido “dos hojas de sierra, hacelo rápido”, sino “dos hojas de sierra, acero rápido”.