En los días previos, cuando habíamos decidido publicar una nota con motivo del Día del Almacenero, hablando con algunos vecinos lectores acerca de qué almacenes de los de antes quedaban en Henderson, la mayoría coincidió en el que elegimos como símbolo para saludar en su día a todos los representantes del rubro. Las respuestas fueron casi todas en la misma dirección: “Lo de Becerra (como también se lo conoce)”, “El de Pedraza”, “Uno que está en calle Falucho, cerquita de la casa velatoria”. Una vecina que ronda los 40 años, certificando el tiempo de vigencia del almacén, comentó: “Yo era chiquita y ya estaba”.
En las primeras horas de la noche del viernes 14, Antonio contó a Hendersonline que el ambiente donde estábamos charlando fue construido con posterioridad al local comercial, al igual que el resto del inmueble. En el terreno que el hombre le compró a “Tito” González se primero las paredes que iban a destinarse al almacén, que fue inaugurado en el año 1971.
El hombre se santificó al momento de elegir cómo iba a llamarse su comercio: “San Antonio”. Permaneció inalterable con esa denominación hasta que fue rebautizado como “Clari” cuatro años atrás, cuando nació Clara Antonella, la primera nieta del matrimonio almacenero -primogénita de su hija, Yanina-.
Otra modificación fue que, a mediados de la década del 80, Elsa reemplazó a Antonio al frente del negocio; aunque Pedraza no se retiró del todo y colabora con su esposa.
Pero los cambios más notorios que podemos señalar entre los que se han ido dando con el correr de estos 47 años desde que el comercio abrió sus puertas por primera vez tienen que ver con productos que antes se vendían y ahora no, y viceversa.
Seguramente cuando estén leyendo esta parte, muchos vecinos se acordarán de otras cosas que pueden incluirse en uno u otro grupo. De hecho, los propios protagonistas de la nota fueron recordando algunos productos con posterioridad al encuentro.
Entre los que antes sí y ahora no, como ejemplos indicaron: jabón blanco, espirales, alcohol de quemar, vino suelto, galletitas en lata, soda en sifón retornable, mechas para faroles y calentadores, tubos de faroles y lámparas, máquinas para echar Flit. Y a los caramelos, “antes los envolvíamos en papel de diario, ahora los damos en bolsitas”, contó Elsa.
Antes no y ahora sí: agua mineral, leche en caja, pañales descartables, alimentos para mascotas, atados de leña.
Algo nuevo también en Falucho 355 es la venta de comida casera: desde unos dos meses hay empanadas, tortillas, pastel de papas. Al menos de las empanadas podemos dar fe de que están muy ricas, ya que Elsa nos convidó un par al finalizar la nota.
Otra mercadería que hoy en día -aunque no tan reciente- se vende son huevos. Los dueños explican que “antes, la mayoría de la gente tenía gallinas”.
No es tan novedoso que se comercialicen huevos en los negocios, pero sí quizá lo sea que en “Clari” se vendan incluso por unidad. Aunque esto tiene que ver más con la situación económica, con la crisis que atraviesa el país. Y esta modalidad no se limita a los productos avícolas.
Elsa y Antonio aseguran que de forma fraccionada -como ocurría antes en los almacenes- están vendiendo, por caso, yerba, azúcar, aceite. También los pañales se comercializan por unidad.
Consultados acerca de qué es lo que más venden en general, los almaceneros mencionaron: pan, papas, fideos, galletitas.
En cuanto a si notan una merma en las ventas cuando hay importantes descuentos en otros comercios locales, como es el caso puntual de los denominados “supermiércoles del Banco Provincia”, que benefician a todas las personas que poseen tarjetas de débito y/o crédito de esta entidad financiera, Elsa no dudó en responder que sí. Y agregó que en lo que más se nota es en el pan. “Porque mucha gente, aunque compre cualquier otro día en supermercados o en las cooperativas, a la nochecita igual viene a comprar el pan acá; pero esos días de descuento del banco ya se vienen con todo de allá, compran hasta el pan”.
Un rasgo que también identificaba a los viejos almacenes barriales era la tradicional libreta, en la que se anotaba la mercadería que los clientes llevaban, la cual abonaban a fin de mes. Sin embargo, en el caso de “San Antonio” primero y “Clari” después, esta modalidad no ha sido algo que lo caracterice. Más bien al contrario. No han tenido por costumbre Antonio y Elsa ser afectos al viejo y conocido fiado.
Relacionado con ese aspecto marcan otra diferencia entre el antes y el ahora. Destacan en tal sentido que otrora, “si te quedaban debiendo 10 centavos, venían enseguida a traerlos. Y si ese día no podían, venían a traerlos al otro día y te pedían disculpas por el atraso”.
Como hemos podido apreciar, variaciones en estos comercios a lo largo de los años ha habido de distinta índole: desde la desaparición de ellos en gran número hasta el regreso de las ventas de productos fraccionados. Pero hay otras cosas, algunas ya mencionadas, que, al menos en el caso del negocio que nos ocupa, se han mantenido inalterables: el mostrador, las estanterías, la balanza en la que pesan “papas y cebollas”.
Y hay algo más que el paso del tiempo ni los avances tecnológicos han podido extinguir, ni siquiera modificar o aggiornar: Elsa sigue sumando a mano, con lapicera y papel, el importe final que debe cobrar a los clientes en cada venta. Y, segura, dice que ese método “no falla”.
El comercio de calle Falucho ha mantenido su esencia a lo largo de estas casi cinco décadas. El espíritu barrial sigue intacto. La atención de los dueños para con los clientes es bien diferente de la que estos pueden recibir en grandes supermercados, donde la relación interpersonal se ve reducida a no más de alguna consulta a un repositor o un saludo en el sector de cajas.
En el final de la charla con Hendersonline, Elsa y Antonio expresan su agradecimiento porque con el negocio han podido construir su casa y criar y darles estudios a los hijos. Entonces agradecen a los clientes en general, y en particular a los vecinos, los más fieles. Entre estos últimos hay casos en los que “hemos atendido hasta tres generaciones: padres, hijos y nietos”.