Saludamos a todos los escritores en su dÃa y compartimos un cuento de uno de ellos
"La poesía no es del que la escribe sino del que la necesita”, dice en el filme El Cartero uno de sus protagonistas. Y en esa frase parece estar escondida, sin más vueltas, la función del escritor: llevar pensamientos, historias, fantasía, sentimientos, narraciones o, simplemente, palabras con sentido a sus lectores.
El 13 de junio de 1874 nació en Córdoba el escritor Leopoldo Lugones. Su obra fue abundante y multifacética, en la que recorrió la mayoría de los géneros. Entre algunas de sus obras se encuentran La guerra gaucha, Lunario sentimental y Crepúsculos del jardín. Fue precursor de toda una generación de escritores argentinos, fundó la Sociedad Argentina de Escritores y dirigió la Biblioteca Nacional de Maestros, que hoy lleva su nombre. Es en su homenaje el 13 de junio se conmemora el Día del Escritor.
Nuestro pueblo también ha dado grandes valores de la pluma. Uno de ellos es Pablo Martínez, quien fue recnocido en mayo con una Mención especial del Círculo de Escritores Pehuajense por su cuento El taco.
Hendersonline comparte con ustedes precisamente un cuento de Pablo y saluda a todos aquellos que hacen de las letras su pasión y su vida. Se titula El violín y fue ganador del Café Literario 2008 en Henderson.
Palabra del autor
"Quisiera aclarar que no me considero un escritor sino un contador de historias, que a martillazos y con gran esfuerzo puede aportar algo de estética a las mismas", dice Pablo Martínez. Acto seguido tiene unas palabras de agradecimiento al lugar donde empezó a forjar ese vínculo fraternal con las letras: el Centro de Estudiantes Universitario de Henderson. "Agradezco al amado CEUH, por cuya pieza del fondo, o bajo la higuera, o en la cocina, circularon tantísimos libros, e historias contadas, acercados por amigos, que nutrieron tantos momentos, inolvidables, irrepetibles y fantásticos. Abrir esos libros, comprados en las librerias de la estación de trenes, económicos y bellos, eran momentos únicos. Saludos a todos los escritores en su día".
Informe: Claudia Zara
EL VIOLIN
Era una de esas noches en que uno se encuentra, y lo festeja. Estaba en el bar de Silvia, plena peatonal. Me pedí un vino de la casa, el cual llegó a la mesa en impecable pingüino blanco.
Uno de esos momentos en que estás preparado para hablar con Dios, o con quien no le quedan más bares por recorrer.
De pronto entró él. Tomó en sus manos el sombrero, y girando el brazo, saludó a todos los presentes. Se acercó a mi mesa.
-¿Usted pibe, conoce esta ciudad?- me dijo.
Parecía un personaje salido de una película argentina de los años `50. Me había sorprendido y ahora me estaba interrogando.
-Sí-respondí- hace algunos años que la visito.
-Permítame desilusionarlo- me cortó- pero usted no conoce esta ciudad. Puede conocer el Casino, el parque, la playa, al vendedor de pochoclos, al intendente. Pero quien no conoce al ruso Bricker, no conoce esta ciudad. Encantado, Bricker, ruso auténtico, mis abuelos eran los cocineros del zar.
Al otro día, averigüé sobre el “ruso”, como lo llamaban los parroquianos de aquel bar. La gente respondía con tono respetuoso hacia alguien que realizó su obra dignamente. En aquel pago todo casamiento, bautismo, cumpleaños o incluso separación, había sido bendecido por sus notas. El ruso era músico.
- Lo poco que hice, pibe, lo hice por amor. Algunos idiotas publicaban que yo tenía un don especial, que era un iluminado de Dios, y no sé qué pavadas más. No entendieron nada. Toda mi obra fue un gran acto de amor .Comencé a tocar el violín por una vecinita que me tenía loco y no me daba bolilla. Cuando me enteré que tocaba el violín, mi abuelo me prestó uno que tenía él, con ese sencillo instrumento entretenía a los hermanos, cuando eran chicos, eran ocho, a veces no había nada para echar a la olla y el los dormía con suaves acordes como está escrito en la biblia: No solo de pan vive el hombre. Le sigo contando, yo me metí con todo. Atrapé su corazón, pero fue más aún. El violín atrapó el mío. Pronto me olvidé de aquel amor febril, y comencé a recorrer pueblos…, me conozco el país de punta a punta, hasta en Uruguay y Chile estuve…
-¿Qué fue de su vida, Bricker?-indagué con rigor periodístico.
-Cuando volví, varias primaveras ya habían pasado. Me casé,si algo hacía bien la gringa era cocinar…, pero de las polleras uno nunca se olvida, pibe.
Las cosas andaban mal en casa. Todos los días una discusión, ella sabía que yo andaba de festejo en festejo. Actuaba en la tanguería de Pichín, (en ese momento su voz tomó cuerpo, y una leve sonrisa se dibujó en su rostro surcado por la noche y el tiempo), en una actuación una morocha me cruzó una mirada, y yo le erré a una nota. Eso es grave para un músico, para la gente no. Y menos a esa altura de la noche, nadie se dio cuenta, a esa altura estaban todos borrachos, y todos escuchaban lo que querían escuchar; y yo volví a tener una historia más.
Llegué a casa, había salido el sol, mi señora me esperó levantada. Dejé el violín en la mesa. Ella no dijo nada. Entré al baño y escuché unos ruidos. ¡Con serrucho y a martillazos, lo rompió! No sabía nada de música la bruta.
Le grité “¡por qué no me pegaste a mí, porque no me diste a mí con el martillo!”, mientras lloraba al lado de aquellas madera y cuerdas, pero sabe qué pibe, una mujer sabe donde pega.
Nunca más volví a tocar, le podría decir que conocí la gloria y el ocaso, pibe, y todo por aquella vecinita.
Pablo Enrique Martínez