Antes era muy común comprar la leche en casas de gente de campo, que ordeñaba sus vacas y luego vendía el producto. No importaba que no fuera entera, descremada ni pasteurizada. Uno iba con una botella, un bidón u otro recipiente y ahí nomás, embudo mediante, la persona le vendía la leche recién traída del campo.
Eso era lo que hacía diariamente este señor. Pero, en determinado momento, la relación con la vendedora dejó de ser meramente comercial. Empezó a surgir cierta simpatía entre ambos y con el correr de los meses se convirtió en una relación íntima. Así, el hombre iba a comprar la leche y, de paso, cañazo.
El marido de la mujer trabajaba todo el día en su campo y regresaba de noche. A veces muy tarde. Sobre todo en época de cosecha. Entonces, para no despertar sospechas de día, los engañeros decidieron dar rienda suelta a su pasión en horas nocturnas.
Como pasa en estos casos, un día el engañado regresó antes de lo previsto a su casa. Grande fue la desesperación que les agarró a los tramposos cuando escucharon el motor de la camioneta del chacarero. Mascardi Patalano –o pata lana- se puso el pantalón a duras penas y salió como un rayo por la ventana del dormitorio.
Cuando el cornudo entraba la camioneta en el garaje escuchó ruidos, por lo que, creyendo que había ladrones, ingresó apurado en su casa y fue derecho al teléfono para llamar a la comisaría.
Enseguida dos móviles policiales con varios efectivos se hicieron presentes en el lugar. Entraron en la casa, buscaron en el patio, en el garaje, y nada. Entonces decidieron ampliar su búsqueda por el vecindario.
De pronto, en un terreno baldío enfrente de la casa de los lecheros, los hombres de uniforme vieron que unos yuyos altos se movían. Cruzaron ráudamente y apuntaron con sus armas y linternas al centro de atención.
Ahí fue cuando se incorporó de entre el matorral una figura humana de grandes dimensiones y, con los brazos en alto, como rindiéndose, exclamó: “No disparen, soy Mascardi”.
Mascardi Patalano tuvo que confesar a los policías el motivo por el que se encontraba en esa insólita situación. Y los efectivos tuvieron que inventarle otra historia al dueño de casa, para que siguiera siendo cornudo pero no consciente.