La anécdota: rápido de reflejos, el peluquero evitó que se armara la pelotera
29-05-2011 14:10 | La historia de hoy tiene como protagonista a un conocido coiffeur de nuestro pueblo. Amante de los juegos de naipes, solía regresar a su casa a altas horas de la madrugada; pero no fue eso lo que ocurrió ese día, ¿o sí?
El hombre casi todas las noches iba a uno u otro club para mantener al día su cuota de timbero. Sapo, codillo, moza, daba igual, lo importante era juntarse con los muchachos a orejear la baraja y apostar unos morlacos.
Su actividad laboral le permitía tener dinero en forma constante, de modo que no había excusa para no asistir a despuntar el vicio.
Muy profesional, por más que la timba se prolongara demasiado y él se acostara muy tarde, a la mañana estaba, firme y puntual, en su peluquería. No había problemas en ese sentido.
Con quien sí tenía problemas este artista de la tijera era con su esposa, quien le reprochaba tanto que se ausentara del hogar casi todas las noches como que fuera a patinarse con “esos vagos” la plata que tanto le costaba ganarse.
Esa semana el peluquero no había faltado ningún día a la cita con sus amigotes del garito, por lo que la cosa en la casa venía muy mal; era sabedor de que en cualquier momento la patrona agarraba el sulky a patadas, así se lo había manifestado la mujer la noche anterior al episodio que aquí se relata.
A pesar de la advertencia de su cónyuge, al hombre ni se le cruzó por la cabeza dejar de asistir esa noche al templo, pero se le ocurrió una idea –mejor dicho, se acordó de una idea, pues es vieja y recurrente en estos casos-: si la suerte estaba de su lado, al otro día le iba a hacer un regalo ostentoso a su mujer, para calmar los ánimos.
“Cuando la suerte, que es grela, fallando y fallando te largue parao”, inmortalizó Discépolo en el tango Yira Yira. Y esto le ocurrió a nuestro amigo esa noche. Perdió lo que no tenía y, encima, tratando, en vano, de recuperarse, fue aplazando el horario de regreso a casa, cosa que ocurrió a las 6 y media de la mañana.
Llegó a su hogar el hombre. Trató de tomar todos los recaudos para no despertar a su esposa y evitar la pelotera: apagó el motor en la esquina y llevó empujando el coche hasta la casa, le puso saliva a la llave de la puerta de entrada para que entrara sin producir el menor ruido y se sacó los zapatos en el living. Pero estaba claro que esa no era su noche.
Cuando estaba sentado y a punto de acostarse, en la cama –vestido, otro recaudo tomado para mantener el silencio sepulcral-, la esposa se despertó, miró las agujas del reloj despertador y la pregunta retumbó en las paredes: ¿“Recién llegás, vos?”.
Luis, con la misma rapidez que manejaba la tijera, agarró los zapatos del piso, se puso de pie como un resorte y, sin mirar a su mujer y yéndose de la habitación en puntas de pie, le respondió: “No, me estoy yendo… Hoy abro más temprano”…