Una mala actuación la tiene cualquiera. En cualquier actividad. En cualquier deporte. Y un partido de bochas no es la excepción. Pero eso no da derecho a los espectadores a tomar de punto al infortunado competidor; menos aún si se trata de un eximio jugador, que cuenta con sobrados pergaminos que lo avalan. Y este hombre sí que los tenía. Pero ese domingo el campeón venía de capa caída. Estaba impreciso, desconocido.
Entre la gran concurrencia que se había dado cita en las instalaciones de Fútbol Club para presenciar la jornada de bochas, se encontraba una señora que se había puesto un poco cargosa con las chicanas hacia este notable jugador cada vez que fallaba en las arrimadas o en los bochazos.
El hombre, si bien no le gustaba ni medio la situación, se mantenía inmutable, sólo miraba de reojo a la mujer.
En el último partido, el de la gran final –sí, la imprecisión de esa tarde no había impedido a este bochófilo llegar a disputar el primer lugar del podio-, exactamente en el último tiro, el hombre decidió arrimar en vez de sacudir un bochazo que pudiera llevarse al chico junto con su bola.
Soltó la redonda de madera muy suave, y ésta empezó a deslizarse despacito. La mujer, que había estado mofándose del gran jugador toda la tarde, habrá pensado “ni el tiro del final te va a salir”, y, ansiosa, gritó: “Corta la bocha, Aguirrezabala”.
Terminó de pronunciar su enésima chicana y el esférico se amuró al lado del bochín, dándole un nuevo triunfo y un nuevo premio al gran Vasco, quien se acercó a la señora y, con todo respeto y caballerosidad, le dijo: “Señora, la bocha es como el pene, hasta que no se para no se sabe si es corta o larga…”.
Por supuesto que el hombre utilizó otro vocablo, cuya inicial es la misma consonante pero su género es femenino..