En dicho certamen, recibió Mención de Honor del Jurado el trabajo de nuestro vecino Pablo Martínez, titulado El taco.
Pablo agradeció al CEUH, por haber brindado la posibilidad de acceder a los conocimientos teóricos a través de la Universidad, y ser aquella casa una inagotable fuente de vida y vivencias, que hoy refleja en sus escritos.
También agradeció al Circulo de Escritores locales “Emma Jonas”, con cuyos integrantes siempre comparte puntos de vista y charlas referidas al mundo de las letras.
Por último, el autor hizo un agradecimiento especial al Centro de Escritores Pehuajenses por tan grata distinción, y por la organización de este tipo de concursos que nos lleva a “escribir para que una inmensa mayoría de la región nos pueda leer.”
El cuento
EL TACO
Apareció en el bar con un sencillo vestido, una camisa abierta al tercer botón y unos zapatos rojos que llevaban el polvo de los viejos muebles sin cuidado.
Despertó los ojos cansados de los hombres que mataban el tiempo en aquel bar, los brazos doloridos recuperaron sus fuerzas, las piernas, su vitalidad, los corazones comenzaron a latir de nuevo. Ellos, que sólo esperaban que la otra se decidiera a venir, ahora le suplicaban que espere un tiempo más.
Aquella noche, Jaime, el dueño del local, se quedó sin vino. “-Fui a despertar a los Roja pa’ que me vendan un esqueleto de tinto, traían seis botellas, de las cuales llegaron cuatro, las otras la bebieron los arenales, porque los fui a buscar en bicicleta y yo había tomado lo mío...”- manifestaba el comerciante años después del suceso. Luego de una larga pitada al “chester” largo, aclaraba: “-Ni cigarros quedaron. Qué noche gloriosa. Muchos seguimos viviendo por ella, a ver si vuelve, eso sí, todos la recordamos de formas diferentes, yo por todo lo que vendí, el zapatero Demiguelle por un taco, en fin, era un brindis tras otro; el “Marañon” en sus distintas tonalidades desfilaba por las mesas. Agradecíamos a la vida por la belleza, le prendimos una vela a una virgen morenita que me había regalado mi vieja el día que inaguré el boliche, estaba en un rincón, toda llena de polvillo la pobre. Por fin se acordó de estas tierras, de este desolado paraje perdido en la pampa. La última vez que la santita nos tuvo en cuenta, paró la lluvia, después de la inundación que nos dejó sin nada, desamparados…”
“-Sin nada no, acordate de las nutrias…, somos un pueblo pecador, acordate de Demiguelle…, la lluvia es una bendición, la inundación un castigo”, sentenció un creyente parroquiano.
Refiriéndose a los zapatos de la joven, el zapatero Demiguelle relató: “El cuero era importado. Lo primero que miro a una mujer son los zapatos, para saber quién es hay que mirar qué zapato lleva. Al del pie izquierdo le faltaba el taco.”- dijo el artesano del buen andar, con una pronunciada dificultad fonética. “-Le ofrecí arreglárselo. Para eso había que ir a mi zapatería. Cuando llegamos la piba me comentó que le gustaba la lectura, y yo en cada casillero de zapatos que iba arreglando tenía un libro. Entregaba el zapato al cliente y le leía un poema, estrategia de márquetin, como se dice ahora. Tengo mis teorías acerca de la lectura y la horma del pie: mujer que calza del 35 al 38 se inclina por un Benedetti, un García Lorca; del 38 al 40, Cortázar, Galeano, Arlt, Girondo: ‘… y bajo las escaleras arriba y subo las escaleras abajo…’; del 40 en adelante Borges, Bioy Casares, Ocampo, Sábato.” Afirmaba Demiguelle, para continuar: “-La teoría a veces falla. Con la piba no, fíjese, calzaba 37 y se volvió loca con Benedetti, esa poesía que dice: ‘…no te salves, no te llenes de calma, no reserves del mundo solo un rincón tranquilo, no dejes caer los párpados pesados como juicios, no te quedes sin labios, no te duermas sin sueño, no te pienses sin sangre, no te juzgues sin tiempo…’. Me pidió cortar la hoja, se la dí, es la única que sé de memoria.
Le ofrecí el local para dormir… dónde iba a ir con ese frío; le bajé un colchoncito que usaba cuando tenía mucho trabajo y no volvía a casa. Le mostré donde estaba la pava, el mate, el calentador; que hiciera como en su casa, ‘no tengo casa’ me contestó.
La luna iluminaba la silueta de los zapatos. Una vecina nos vio entrar y le fue con el cuento a mi señora… vaya a saber qué le habrá dicho, lo cierto es que cuando volví, en casa me esperaban las valijas en la vereda y todo el vecindario ofreciendo pañuelos a mi esposa. Lo único que pedí fue la camiseta de Independiente. Alguien la tiró desde la ventana. En aquel momento el "nocturno" cruzó la noche.
A los pocos días la piba se fue. Una lástima, tenía linda charla..., me encerré en la zapatería. Al tiempo no resistí más la soledad y caminé hacia la estación de trenes, con pantalón corto, medias tres cuarto, botines “Sacachispas”, de un cliente que nunca los retiró, y la diez firmada por el bocha. Llegué y me quedé ahí, tirado en la vía. Estuve como tres días esperando el tren. Me despertaron unos pibes gritándome: ‘¡Dale Campión, dale campión…!’, muertos de risa. Los saqué rajando. Corriá noviembre del ’77, y si quería irme con el barba, tendría que tomar por otro atajo. Nadie me avisó que el tren no pasaba más. Me salvé, pero una parte de mi pueblo murió en aquel momento.”
Pablo E. Martínez