La anécdota: que nadie se atreva a tocar a mi vieja… y que ella tampoco se atreva
El hombre, soltero y mayorcito –pisaba los 40-, trabajaba en la municipalidad, en la cuadrilla de calle, cortando yuyos y podando plantas. Lo habían apodado con el nombre de un batracio.
Como hobbie tenía cantar. Era buen imitador de Sandro. Cuando al pueblo llegaba algún circo o parque de diversiones que convocaba gente para concurso de cantantes, ahí estaba él.
Vivía con su madre, en la casa de ella. El amor que tenía para con su progenitora era inconmensurable. Para él, la vieja era lo más, lo único. Se desvivía por la mamá. Eso sí, todo esto siempre y cuando a la señora no se le ocurriera pedirle algún esfuerzo físico para ayudarla. Ahí el hombre cercenaba cualquier resquicio de cordón umbilical y era capaz de pasar a ser huérfano en un segundo.
La mujer sabía muy bien esto; por eso, jamás, aunque estuviese rota de dolor después de haber realizado todas las tareas del hogar, molestaba a su hijo para solicitarle algún tipo de colaboración, por más pequeña que ésta fuera.
Ese sábado el hombre se había levantado cerca del mediodía. Sin sacarse la musculosa blanca que usaba para dormir, con pava y mate en mano se había instalado en el patio, debajo de la higuera, a tomar unos verdes. De vez en cuando llamaba a la madre –ubicada a tres metros, amasando tallarines- para que fuera a buscar un amargo.
En un momento, como siempre lo hacía, el hijo comenzó a tararear y cantar una canción. En gratitud a la vieja, que le estaba preparando la pasta casera que a él tanto le gustaba, entonó ese tema del Gitano que dice: “Pobre mi madre querida, cuántos disgustos le he dado…”.
La madre, al tiempo que emocionada, se acordó de que aún no había podido ir a la panadería, y ésta ya cerraba. Entonces, aun sabiendo el riesgo que corría, pidió a su hijo: “Orlando, andá a buscar el pan”.
Y Orlando, transformado, enfurecido, revoleó el mate y le gritó a la madre un irreproducible “andá a la p.. que te p…”.