El hombre -de apellido cuyas escritura y pronunciación son similares a famosa cadena de comidas rápidas-, en época invernal traía de su campo la caja de la F100 gris cargada de troncos para abastecer a la estufa a leña.
Este ritual ocurría todos los sábados por la tardecita. Y el cargamento permanecía frente a la casa de El Inglés –ubicada en calle España- hasta el lunes, cuando iba algún muchacho a ganarse la changuita de entrarlo.
Ultimamente -los dos fines de semana anteriores, para ser exactos- estaba sucediendo algo extraño: los domingos y los lunes por la mañana el hombre notaba un faltante en la pila de combustible para la estufa; y la última vez se prometió que la tercera iba a ser la vencida. Si amigos de lo ajeno atacaban de nuevo, tenía en mente varias posibilidades de acciones a seguir: hacer la denuncia, preguntar a sus vecinos si habían visto algún movimiento sospechoso durante las noches del sábado y el domingo, o tratar de hacer justicia por su cuenta.
Efectivamente –como reza el dicho popular-, no hay dos sin tres. Los cacos volvieron a la carga y el Inglés dio cumplimiento a la promesa.
Desechadas las opciones de caminar una cuadra y radicar la denuncia –consideró que la policía no se iba a preocupar mucho en averiguar el hecho-, y realizar el sondeo entre los vecinos –pensó que si era alguno de ellos, eran varios, por lo que se iban a cubrir entre todos-, el hombre decidió dar un escarmiento a los amigos de lo ajeno.
Durante la semana avisó al peón de su campo encargado de preparar los troncos que a unos diez de ellos les hiciera un calado en el medio y les colocara la pólvora de cuatro cartuchos.
Llegó la tardecita del sábado y llegó el Inglés con la camioneta cargada, estacionó en el mismo lugar de siempre y entró rápido en la casa.
Esa noche se acostó antes que de costumbre. En la madrugada algo lo despertó sobresaltado. Pensó que había sido una pesadilla y siguió durmiendo.
En la mañana del domingo -como siempre-, veinte minutos antes salió caminando despacito para la misa de las 10. Llegó al templo religioso y -como siempre- se acomodó en el primer banco. Antes de dar comienzo a la misa, el párroco pidió a los fieles silencio y los invitó a realizar una oración especial.
El Inglés no pudo contener la risa y -ante la reprobación de los presentes- atravesó toda la iglesia, hasta la puerta de salida, a las carcajadas.
El resto de las personas sí cumplió con el pedido especial del cura y oró por la salud de los dos policías que habían sido lastimados cuando en la madrugada explotó la estufa a leña de la comisaría.