El muchacho, desde hace varios años empleado de un supermercado de nuestro pueblo (¿Cuál? Es fácil darse cuenta), había comprado un terrenito con la idea de más adelante empezar a construir. Mientras tanto estaba baldío y, por ende, los yuyos crecían y de vez en cuando había que cortarlos.
La primera vez que decidió limpiar el solar, el propietario se solidarizó con un amigo que andaba sin pique y le ofreció la changa. El amigo (conocido, entre otras cosas, por su apodo, homónimo al de uno de los mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos), aceptó gustoso y prometió (textualmente) que en un día iba a dejar el lugar como "el desierto de Sara".
El dueño del terreno no le creyó mucho al morocho pero, como no tenía apuro, se fue tranquilo. A la tardecita del día siguiente se llegó hasta el baldío y... sorpresa 1: casi no quedaban yuyos en pie. Se fue acercando despacio hasta el fondo y... sorpresa 2: quien estaba dándole a la guadaña no era su amigo, contratado para tal fin.
El propietario del lugar le preguntó al hombre qué hacía allí, por qué estaba él realizando esa tarea y... sorpresa 3: el laburante (personaje famoso en el pueblo por embalzamar peludos, cuyo apellido, si se separa en sílabas, las tres últimas forman el de una famosísima cantante de nombre Liza) le respondió: "Es que Sandro me subcontrató, me dijo que me daba la mitad de lo que le pagabas a él".
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